Bautismo

y

Salvación

Por Fe

Por Phillip Gray

  

 

            En el presente, abordo un tema de suma relevancia para la humanidad.  Nuestra biblia afirma claramente que todos hemos pecado y que estamos destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23).  Pero, gracias a Dios, porque el Espíritu Santo nos declara en Romanos 6:23 que, aunque la paga del pecado es la muerte, la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús.  Cristo nos salva mediante su muerte en la cruz y por su plan de salvación como es revelado en el Nuevo Testamento. 

            En el plan de salvación dado por Cristo y sus apóstoles inspirados en el Nuevo Testamento, se encuentran dos elementos imprescindibles:

            (1) La obra que Cristo sí mismo efectuó en la cruz.  Se dio a sí mismo por nuestros pecados (Gálatas 1:4).  Esa es la parte divina.  Y esa parte ya es hecha por nosotros. 

            No obstante (2) el segundo elemento en nuestra salvación es la parte humana.  Nosotros mismos tenemos que responder correctamente a la obra hecha en el Calvario y al plan de la salvación como fue dado por Cristo.  Esa es la parte humana.  Y el cumplimiento de esa parte depende de cada uno de nosotros.  Dios quiere que todos seamos salvos y que vengamos al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:4).  Nos invita en Mateo 11:28, diciendo «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.»  En la misma manera, dice en Apocalipsis 22:17, «Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven.  Y el que oye, diga: Ven.  Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.»  ¡Qué pasaje más lindo!  «Y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.» 

            Pero, lástima, que pocos son los que hallan el camino que lleva a la vida eterna (Mateo 7:14).  ¿Por qué?  Porque obviamente no todos quieren tomar del agua de la vida gratuitamente.  Dios ya ha hecho su parte.  Cristo ha hecho su parte.  Ahora nos toca a nosotros a responder al plan dado por Dios para cumplir nuestra parte en el proceso de la salvación.

            Para el resto de este estudio, queremos enfocarnos más en esa parte del hombre en el proceso de la salvación.  Como ya hemos observado, nuestra investigación ahora tiene que ver con el plan de la salvación.  Pero, específicamente, quisiéramos investigar la cuestión del mandamiento de ser bautizado en este plan y su relación con la doctrina de la justificación por fe.           

            Primero, hay que notar que se puede resumir el papel que el hombre desempeña en el plan de salvación en cinco pasos sencillos, a saber, 1) oír el evangelio (Romanos 10:17), 2) tener fe en Cristo, o sea, creer en Jesús de Nazaret como el Hijo de Dios resucitado (Juan 8:24), 3) arrepentirse de sus pecados (Hechos 17:30,31), 4) confesar el nombre de Cristo delante de los hombres (Romanos 10:9,10), y 5) ser bautizado (o sea inmersionado) en agua para perdón de los pecados (Hechos 2:38).

            Sin lugar a dudas, el bautismo es un mandamiento de Cristo para el hombre.  El Señor declaró en Marcos 16:16, «el que creyere, y fuere bautizado, será salvo, mas el que no creyere será condenado.»  Por medio de su apóstol Pedro (quien predicó por la inspiración del Espíritu en el día de Pentecostés), Cristo mandó a los pecadores judíos: «arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hechos 2:38).  Cristo es el autor de la eterna salvación para todos los que le obedecen (Hebreos 5:8,9).  Puesto que el bautismo es un mandamiento de Cristo, es necesario cumplirlo para obedecer a Cristo. 

            Lamentablemente, en la iglesia contemporánea esa doctrina sencilla de la necesidad de ser bautizado de acuerdo con el mandamiento de Cristo ha sido pervertida y torcida.  Hartas iglesias protestantes y evangélicas malentienden el papel del bautismo en el plan de salvación y substituyen su concepto propio de la salvación por la fe solamente.  Niegan que el bautismo sea esencial para ser salvado por Cristo.  Creen que uno es salvado ya al punto de tener la fe, solamente en el corazón, sin otros actos de obediencia.  Alegan que el bautismo es una obra, y observan que la biblia (en textos como Efesios 2:8-9) declara que el hombre no es salvado por las obras.  Por lo tanto, llegan a la conclusión que el hombre no es salvado ni por medio de, ni en en acto de, ser bautizado. 

            Pero, estimado lector, ¡fíjese bien!  En esto tales pensadores cometen una falacia lógica, una de las más fundamentales que se cometería aun de entre los escolares.  Su idea es una falacia, porque la biblia habla de varios tipos de obras, y uno se equivoca cuando confunde un tipo de las obras con otro. 

            Hay tres tipos de obras humanas por las cuales uno no puede ser salvo o justificado:  (1) En Efesios 2:8, 9, Pablo afirma que no somos salvos por nuestras obras (en contraste con la salvación por la gracia) para que nadie se gloríe.  (2) Otro tipo de obra por la cual uno no puede ser salvado proviene de las obras de la ley, es decir, la ley de Moisés, porque esa ley exigía la perfección absoluta para ser justificado. Puesto que nadie es perfecto, entonces la salvación no viene por la ley de Moisés (el Antiguo Testamento).  Dice Romanos 3:20, «ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él» y en Romanos 4:4 Pablo comenta, «Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda.»  Por ese tipo de obra nadie es justificado tampoco.  Aquí, Pablo se refiere a una obra meritoria que uno haría con el motivo de que Dios le debiera la salvación.

            Pero, fijémonos en el simple acto de obediencia al mandamiento de ser bautizado.  Estimado lector le pregunto, ¿cómo podría ser, esa sencilla respuesta de fe al mandamiento de Dios, una obra por la cual Dios le debiera la salvación?  Claro que el bautismo no tiene que ver en absoluto con ninguna deuda de parte de Dios respecto al pecador. 

            Y ¿cómo puede uno gloriarse por someterse al bautismo en agua, una acción pasiva hecha por otra persona?  No se puede.  Y obviamente el bautismo no es ninguna obra de la ley, porque no fue mandado bajo la ley, sino bajo la gracia de Cristo, el Nuevo Testamento. 

            La realidad es que el bautismo no es ninguna obra en esos dos sentidos de ser, o una obra de la ley de Moisés, o de ser una obra meritoria hecha por uno mismo para ganar su propia salvación.  El bautismo no es de las clases de obras que están rechazadas en el Nuevo Testamento. 

            La obediencia al mandamiento de ser bautizado es una muestra de fe y es un elemento esencial de la salvación por la fe.  En el momento de obedecer los mandamientos de arrepentirse, confesar a Cristo, y ser bautizado, la fe de uno es vivificada, y el bautismo es el acto culminante por el cual uno entra en Cristo (Gálatas 3:27).  Una fe que no obedece está muerta, porque Santiago 2:26 afirma, «porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.»  Somos justificados por la fe (Romanos 5:1), pero no es por la fe solamente, sino por la fe que es hecha viva mediante la obediencia.

            Pero, cuando predicamos esto (y no es nada más que una exposición sincera y sencilla de la enseñanza bíblica), muchos religiosos claman, «¡no es así!  ¡Uds. enseñan la salvación por las obras, y las obras no nos pueden salvar!»  Pero, aquellos que lo dicen no han meditado muy bien en lo que ponen por argumentos. 

            Ya hemos mencionado como ese argumento comete la falacia de equivocación, puesto que utiliza la palabra «obra» en dos sentidos antagónicos.  Por supuesto que no podemos ser salvados por las obras que demandan una deuda de parte de Dios para salvarnos, como explica Romanos 4:4.  Pero, el acto de someterse al mandamiento de ser inmersionado por las manos de otra persona (para simbolizar la muerte, la sepultura, y la resurrección de Cristo) no es ningún acto por el cual Dios nos debe la salvación.  De todas formas es la salvación por la gracia por medio de la fe.  Tampoco es una obra de la ley de Moisés.  Tampoco es una obra por la cual uno pudiera gloriarse.

            Para mí, es un misterio como los predicadores evangélicos, que alegan que el bautismo es una obra, no tienen el mismo problema en su teología con la acción de creer, o con la acción de arrepentirse, o con la acción de confesar a Cristo.  Es menester que cada individuo decide por sí mismo que va a creer en Cristo.  Dios no le obliga a nadie a creer.  Cuando uno cree, es una decisión individual a responder a la evidencia que ha sido dada a favor de la deidad de Cristo.  Cuando uno se arrepienta, es una decisión propia de dejar los pecados atrás y de seguir en pos de Cristo—una decisión hecha en su propia mente.  Cuando uno confiesa a Cristo, es una decisión individual de usar los labios para obedecer un mandamiento de Dios.  Y por lo común, los predicadores no se oponen a esas acciones a base de la objeción que sean obras humanas y meritorias, porque obviamente no lo son. 

            Pero, cuando se trata con la decisión de ser bautizado, irónicamente algo que pasa en el mismismo momento cuando yo dejo de cumplir pasos por mí mismo y cuando yo permito pasivamente que otra persona haga una acción a favor de mí (es decir, sumergirme en agua), tales predidcadores alegan que dicho bautismo es obra humana por la cual no podemos ser salvados.  ¡Qué raro! ¿No?  La verdad es que el bautismo no es ninguna «obra» en el sentido condenado en la biblia.  No merece la salvación como una deuda.  No es de la ley de Moisés.  Y nadie puede gloriarse por ese acto de humillación delante de Dios. 

            Lo que pasa es que Satanás ha engañado a la mayoría de los evangélicos a pensar que el bautismo no es esencial, así poniendo en tela de juicio la Palabra de Dios, como siempre lo ha hecho.  En realidad, el bautismo es el acto supremo de la fe y la sumisión.